
Barro y llama fue el hombre;
alzado esfuerzo de la constelación nevada.
Desde Tulán al Licancaur o en Puripica
hizo los caminos el cazador.
Entonces, desde la profundidad del tiempo
surgió la lágrima del arte en petroglifo;
así era la palabra de esa flecha pensativa.
Fue cobre y guerra; cántaro y greda;
hacha de piedra;
estoico y trashumante;
artesano del metal;
escatológico sueño;
hendidura de la vida puesta en los Andes.
Y comenzó el ritual: insondable luna de evasiones invadidas.
Se unió la chuquicandia y la chilca;
se erigieron en vapores la chachacoma y el churcal;
en el tiempo blanco del invierno creció el calor puneño;
se bebió el brebaje en tolilla y monteamargo;
cotar, cotar, junquillo; oñagua, cotar, cotar;
hasta acabar con la sed primera,
primer estandarte contra el dolor.
Se alimentó de cauces cristalinos;
no se ausentó de la muerte.
Socavó la cuna del oro;
se conmovió ante la cutícula atmosférica
que el sol amado cada día le brindó;
entonces, se hizo constelación como la estrella.
Adivinó la caída de la flor ensangrentada.
Fue violento, cuchillo de piedra;
humo del sueño perdido en la noche.
Bebió en las horas incontadas el jugo del pétalo amargo:
el hambre que es fuegoagonía entrando por las bocas.
Así prefirió la profilaxis de la carne y, poco a poco,
El Alfarero del Tiempo
levantó la historia del guanaco:
el Loa fue su origen,
el Kunza fue su canto.
Felicitaciones por tu blog Papá!
ResponderEliminarWilfredo, qué lindo haberte encontrado por aquí!!!,... ha sido un agrado como siempre, leer tu poesía. Esta en particular es preciosa. Gracias por compartirla!!!
ResponderEliminarUn abrazo.
Monina.